EN BUSCA DE LAS PLÉYADES

– II –


Retomamos nuestras maletas y desde el ónfalo de Delfos u ombligo del mundo griego, nos trasladamos hacia el Sur, siguiendo la cita de Job, al encuentro de otro centro del mundo: Ayer´s Rock o Uluru, la montaña sagrada de los aborígenes australianos donde convergen los senderos de los sueños, o dicho de otro modo, las energías telúricas de la tierra. En el continente australiano nos encontramos también a nuestras queridas hermanas, esta vez como nos lo recuerda Mircea Eliade en su libro Introducción a las religiones de Australia, transformadas en sirenas que huyen de un joven cazador que se enamoró de una de ellas. Como en el mito griego, el cazador es castigado y tanto el joven como sus presas acaban convertidos en estrellas.

La investigadora Francisca Martín-Cano nos recuerda que el Cazador (constelación de Orión), es castrado como aviso y castigo. Es una castración simbólica que aparece reflejada en otras castraciones o muertes de varios protagonistas de las mitologías de diferentes panteones: Atis, Adonis, Pelles (el rey pescador de la tradición arturiana), Osiris (o Sahu-Osiris, la constelación de Orión para los antiguos egipcios), etc… Una muerte ritual del héroe o del rey que obedecía a la imperiosa necesidad de la regeneración o renovación periódica de la Naturaleza, del Universo; una muerte iniciática que aseguraba la prosperidad y la felicidad de su pueblo.

Viajando por los senderos de los sueños nos encontramos a las bailarinas del Pitjantjatjara del Desierto del Oeste de Australia. Éstas bailaban el corroboree (danza para provocar la lluvia) coincidiendo con el ocaso de las Pléyades en otoño. Para los maoríes de Nueva Zelanda las Pléyades eran sus estrellas más queridas; sus mujeres bailaban por año nuevo, antiguas ceremonias de fertilidad de la cosecha, siguiendo como modelo a las Diosas Danzarinas de las Pléyades: Mararii i Nia y Mararii i Raro (Pléyades arriba y Pléyades abajo).

Los indígenas del Sudeste asiático también relacionaron la aparición en el cielo de nuestras hermanas con las lluvias, con el agua necesaria que haría fértil sus cosechas. Continuamos nuestro periplo y nos trasladamos hacia la milenaria India siguiendo el rastro de las hijas de Atlas. En las viejas teogonías hindúes, las Pléyades o Kryttikas eran las esposas astronómicas de los siete Rishis (las siete estrellas de la Osa Mayor). Las Pléyades desempeñaban el papel de nodrizas de Karttikeya (el jefe de los llamados Ejércitos Celestes). En la obra de Mario Roso de Luna Simbología Arcaica leemos: Los más arcaicos manuscritos sánscritos sobre astronomía principian sus Nakshatras o constelaciones con las Kryttikas, constituyendo el grupo central de toda su simbología sidérea.

Es significativo, respecto a este último punto, que durante todo el siglo XIX y parte del XX, los astrónomos consideraron a las Pléyades y en especial a Alcyone, como el punto central en torno del cual giraba toda la masa de estrellas fijas que componen nuestro Universo.

Para la Kábala y el Esoterismo Oriental, las Pléyades tenían una relevancia enorme. La fundadora de la Escuela Arcana, Alice Bailey consideraba que Alcyone era el punto central de la órbita de nuestro Sol, y H.P. Blavatsky, fundadora de la Sociedad Teosófica en 1875, nos revela en su Doctrina Secreta que uno de los ciclos astronómicos más esotéricos estaba basado sobre ciertas conjunciones y posiciones respectivas de Virgo y las Pléyades. En cuanto a la importancia de las posiciones estelares de nuestras siete hermanas comentar que, según Charles Piazzi Smyth (astrónomo escocés) la Gran Pirámide (el eje del mundo del antiguo Egipto) fue inaugurada oficialmente en el equinoccio de otoño del año 2170 a.C., cuando las Pléyades se encontraban en la vertical de la pirámide y el pasadizo que descendía a la cámara sepulcral estaba orientado a la estrella Alfa Draconis (relacionada con la diosa Isis), la estrella polar de entonces.

Continuemos nuestro viaje gracias al hilo de Ariadna que nos tienden las Pléyades para adentrarnos a través del laberíntico Himalaya hasta las fronteras del Imperio Celeste. Una antigua leyenda china nos cuenta que después de la entronización del legendario emperador Yao (hace más de 4.000 años), los cinco sabios de los cinco planetas volaron como estrellas fluyentes para incorporarse a las Pléyades. Es realmente sugerente que los astrónomos chinos llamasen Tien Kuan o puerta estelar a una estrella de la constelación de Tauro, Dseta tauri, muy próxima al cúmulo estelar de las Pléyades.

No menos sugerente o increíble resulta el relato que nos describe Peter Kolosimo (escritor y periodista italiano) en su obra No es trerrestre. Según dicho autor, un viajero de fortuna, John Spencer, llegó a la lamasería de Tuerin en Mongolia aquejado de fuertes fiebres. Una vez recuperado gracias a la atención de los monjes se aventuró por las proximidades del monasterio en busca de posibles tesoros y maravillas. Spencer penetró por un pasadizo iluminado por una extraña fosforescencia verde y siguiendo unas incisiones en la pared que representaban a las Pléyades logró encontrar más de veinte sarcófagos alineados y suspendidos milagrosamente en el aire.

Después de destapar uno a uno, levantó la última tapa y se encontró a un ser vestido con una especie de malla de plata, con la cabeza redonda y sin boca... Después de interrogar a un monje sobre lo que había visto, éste le respondió: un gran maestro venido de las estrellas. Dejando al margen lo verosímil del relato, lo cierto es que por todo el mundo encontramos representaciones de seres venidos de las estrellas. Como ejemplo, podemos citar las estatuillas japonesas llamadas Dogu; las máscaras altísimas de la etnia de los Dogon en Mali; las Katchinas de los indios Jopi americanos o las vestimentas de los Kayapos brasileños, que con sus trajes y máscaras recuerdan la aparición de Bep-Kororoti (un ser procedente de otro planeta).

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